Cogí el autobús 156 en dirección a Legazpi. El metro me llevaría más rápido hacia el bus que tenía que coger para mi casa pero necesitaba pasar, aunque fuera un día, lejos de un vagón de metro con su clásico olor a sudor recalentado que impregnaba las paredes.
Hoy no habría predicadores evangelistas latinoamericanos con tono cantarín y esa cadencia de pregonero que quieren captar almas para un dios iracundo mientras miran con ojos clementes a niños atemorizados por sus palabras.
Sobre todo, no habrá raperos que no encuentran rima sobre la camiseta naranja de otro tipo del tren, ni la contaminación acústica de una canción de Carlos Baute saliendo de un altavoz de 700 W de potencia mientras se mezclan los berridos superpuestos sobre la canción de una mujer que intenta encubrir los gallos lanzándose el micrófono de una mano a otra en un espacio vital de 60 centímetros. Todos tenemos miedo de que haya un ataque terrorista y que lo último que escuchemos en esta existencia sea Colgando en tus manos de Carlos Baute.
Hoy no. Hoy me libraba de aquello, aunque me la jugara un poco a tener que esperar una hora al siguiente bus. Aún había tiempo para llegar y hacerlo sin escuchar una versión… ¿peor? de Carlos Baute.
Al pasar el abono por el lector, saludé al conductor, un tipo de cráneo cuadrado y mentón redondeado con barba de 3 días que me devolvió el saludo tosco sin mirar. Justo detrás del habitáculo del conductor había un asiento vacío en el que me senté. Desde allí solo se podía ver el ángulo derecho del parabrisas del autobús, pero a la izquierda tenía un buen cristal desde el que podías ver el flujo natural de la vida que hervía en la calle. Literalmente. Hacía 42 grados en la calle y la gente parecía hacerse en su piel cada vez más. Todos enrojecidos e iracundos. Con caminar furioso, esquivándose entre sí. Casi arrollando viejas para ganar unos centímetros. Prácticamente pisando las extremidades de vagabundos que duermen tirados en la acera de una antigua entidad bancaria en la que ponía: «Próxima apertura: Codere». Esta danza del odio hacia el prójimo se ejecutaba por bailarines de calle que evitaban tocarse entre sí. Nuestro conductor no iba a perderse esa fiesta de la mala baba, así que inició una conducción casi colérica, reflejada en pitos y semáforos en ámbar que no se respetaron.
Pitaba a todos. Hasta a sus propios compañeros. Las personas mayores que estaban sentadas detrás, en los asientos destinados a ellas, se indignaban. No sabían por qué, pero se indignaban, veían al conductor pitar y hacer comentarios sobre cómo otros paraban la circulación y ciegamente pensaban que tendría razón.
Tenía 15 minutos para llegar a mi bus, y estábamos a 10 minutos de la parada. En cierta manera, yo también agradecía su conducción.
Estábamos en la calle de Méndez Álvaro cuando empezó a decir: «A ver, el listillo del patinete», acompañado de algún pitido y resoplido. Yo miré a la ventana de mi izquierda, viendo cómo cruzaban por el paso de cebra unos guiris con maletas que iban a la estación. Supe que eran guiris porque eran tan blancos e iban tan vestidos para una expedición africana en el siglo XIX que gritaban con todo su ser «Estáfame con un gazpacho a 15 euros». El bus estaba girando hacia la Avenida del Planetario cuando un golpe seco precedió al frenazo que hizo que todo el mundo en el autobús soltara un quejido. Algunos con miedo, otros con dolor. Yo casi me como la mampara tras el conductor, pero tenía el antebrazo como acolchado. La luz de la ventana de mi izquierda se vició de un tono granate, no miré directamente, ya que el grito de terror del conductor me hizo querer mirar en su dirección antes. Un grito constante, casi agudizándose por momentos. Miré a la izquierda y había una mano tocando el cristal sobre lo que parecía la mancha de un globo de pintura roja diluida contra el lateral del autobús. El conductor dejó de gritar y repitió un par de veces que no podía ser.
La mano cedió y casi se pudo escuchar un deslizamiento líquido hacia el suelo y, posteriormente, otro deslizamiento lento en la parte delantera del autobús.
No podía verlo desde donde estaba. Tampoco hacía falta verlo para imaginarse qué había ocurrido. El hombre del asiento delantero derecho del autobús se quitó el casco inalámbrico del oído. Se escuchó lo que parecía una canción de Carlos Baute. Inmediatamente tenía los ojos abiertos de par en par y le temblaban las manos mientras intentaba sacar el móvil de su bolsillo. Se volvió a poner el casco inalámbrico. Me levanté hacia el pasillo y vi al conductor en shock y llorando, diciendo: «Putos patinetes, le había avisado…»
Se percibía alboroto en la calle. La gente miraba horrorizada. La madre guiri abrazaba a su pequeño, tapándole los ojos con el brazo, mientras sus maletas estaban caídas en la acera.
Me asomé a mirar desde el parabrisas el lateral. Había un patín eléctrico con el hierro central del mango fuera del eje. El tubo se había partido y, al final de este, se veía un trozo de tela y algo «más». A simple vista era difícil distinguir con claridad lo que estaba viendo. Había solidez, sí, pero no del todo. Al lado se distinguía lo que era una cabeza, ya que llevaba casco, pero había un enorme desgarro de piel desde las mejillas hasta lo que parecía el pecho del cuerpo. Los ojos estaban abiertos, la boca también y el tallo de la lengua parecía moverse involuntariamente. El labio inferior colgaba tocando el pavimento y del cuello parecía salir algo parecido a una vértebra o quizá un hueso del esternón que se había resquebrajado y encontrado esa salida. Era difícil distinguir algo reconocible entre el amasijo de carne, huesos rasgando la piel y ropa ensangrentada. A la altura de la tripa, los fluidos parecían mezclarse sin patrones. La sangre era densa o varios órganos estaban hechos demasiado puré y se emulsionaban en un cóctel de todo lo dicho con, además, lo que parecía un aderezo de mierda humana que rebosaba por uno de los laterales del caldero de piel y esqueleto. Algunas personas de fuera parecían señalarse su propia pierna, extrapolando en sí mismos lo que no comprendían del cuerpo atropellado. Me sorprendió que el parabrisas solo se hubiese tintado un poco y hubiese mantenido su capacidad estructural y no se hubiese roto en un millar de pequeños cristales. Me fijé en que la mano que golpeó mi cristal no estaba unida a ese cuerpo cuando una de las señoras mayores de atrás se había levantado a mirar y me sacó de mi observación con un sonoro y nervioso grito que se apagó gradualmente, rápido, por falta de aire. Cayó hacia atrás y una chica que estaba acercándose detrás intentó cogerla, fallando, y dejando que la señora mayor cayera de culo a sus pies.
—Sí, mira, hemos tenido un accidente —dijo nervioso al móvil el tipo del asiento de la derecha.
—¡QUE NADIE SE MUEVA! —gritó el conductor, recomponiéndose con lágrimas en los ojos.
—Ha habido un atropello en… ¿Dónde estamos? —preguntó desde el asiento de la derecha.
—¡A esta señora le está dando un infarto! —avisó la chica que falló al coger a la señora y a la cual ahora sostenía con la cabeza entre los muslos.
—¡UN INFARTO Y UN ATROPELLO! ¿Dónde estamos? —repitió desde la derecha.
Un sollozo intenso del conductor se escuchó por encima del murmullo general, mientras abría la puerta del bus. La mujer guiri ya no estaba abrazando a su hijo, estaba haciendo una foto con el móvil.
«Dios… es espantoso. Voy a perder el bus de las 4», pensé, viendo que aún estaban a diez minutos y el autobús no se iba a mover.